Casa Cámara. Prototipo, 2011. A54insitu.
Empezamos el curso lectivo del año 2010 con un proyecto que ya presentamos en este foro: el acondicionamiento de un local de 200m²: la agencia de publicidad Quelinka.
El trabajo en cuestión nos ha permitido investigar y discurrir sobre envolventes, sobre elementos contenedores, sobre contenidos y continentes.
En la E.T.S.A.B. Antonio Armesto, arquitecto y profesor de la Escuela, teorizaba al respecto con un discurso pletórico, sobre lo cóncavo y lo convexo, sobre los orígenes de la Arquitectura.
Recuerdo su posición frontal contra la llamada “arquitectura orgánica” y su precioso despliegue de medios analíticos. A través de una mirada racional, articulaba un discurso en el que los tapices, las texturas y las tramas explicaban las “pieles” (vocablo prohibido en su retórica) de los edificio, o los antiguos orreos gallegos establecían un paralelismo poético sin parangón con las barbas de Vitrubio.
La casa cámara.
El emplazamiento, el lugar, el diálogo de la arquitectura con el entorno, es algo irrenunciable. Algo de obligado análisis que no se puede obviar. El ejercicio de la casa cámara es, en acto, un ejercicio de irresponsabilidad en ese sentido.
¿Por qué?
Lo que vamos a exponer a continuación, de algún modo, choca de bruces con este principio de la Arquitectura. No tenemos solar, no hay emplazamiento real.
Si  Josep Lluís Sert nos viera, se quitaría los zapatos con los que al ser preguntado por qué color debía pintar las viviendas, rascó el suelo de la obra, y dijo: “… ¡ este !”, para tirárnoslos a la cabeza. En cualquier caso, la idea de plantear arquitectura con un suelo irreal o inexistente es un tema recurrente en la Escuela. No estamos inventando nada. Cabe también  decir, en cualquier caso, que la tesitura social y económica, nos han impulsado a “obviar” ese principio. El contexto socio-económico, y también las alternativas populares de vivienda pre-fabricada que el mercado ofrece cuya calidad arquitectónica habitual es “dudosa”.
La sombra del contenedor de mercancías reconvertido está ahí. Tomando ese espíritu conceptual y de calidades, hemos aplicado nuestros propios parámetros creativos.
¿Cómo?
El esfuerzo conceptual aplicado a las oficinas de Quelinka, sumado a  la obstinación (positiva)  de Alessandro, da como resultado la extrapolación de la idea de reutilización de las torres de alta tensión, como estructura reutilizable y descontextualizable. Torres cuya geometría y configuración adaptamos para conseguir una envolvente que nos permita una superficie aproximada en planta de 40 m² útiles y un volumen de 150m³ , dónde  implantar un programa de vivienda unifamiliar de salón, cocina,  baño, habitación doble, y una terraza exterior.
Así como hicieran Craig Elwood o Glen Murcutt en los ’60 emulando a Philip Johnson o a Mies Van Der Rohe, hacemos lo propio; esa estructura
prefabricada metálica ligera se desvincula casi por completo del terreno, limitando la cimentación a los mínimos dados de hormigón armado posibles. Una excavación mínima, nos permitiría implantar la vivienda sin costes ecológicos remarcables.
Glass House, 1949 . Philip Johnson.
Farnsworth House, 1946-1951. Ludwig Mies Van Der Rohe.
Marika House, 1991. Glenn Murcutt
Hale House, 1949. Craig Elwood.
Sin haber un emplazamiento tenemos en cuenta, indirectamente, en nuestro propio encargo virtual particular ese concepto fundamental: la colocación en el terreno. El entorno acaba apareciendo como uno de los ejes del proyecto, como lo hacen también los acabados exteriores.
El prototipo se plantea con un revestimiento de chapa metálica, pero es evidente la infinidad de materiales aplicables al acabado exterior.
A continuación una serie de imágenes de trabajo, a modo de presentación de este nuestro primer prototipo de vivienda unifamiliar, elaborada a partir de una torre de alta tensión.
La casa cámara, pasen y vean.
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J.

Siempre digo que estar rodeado de tanto talento es algo emocionante, inquietante, es como un dulce para un diabético y servidor de ustedes es por naturaleza de “culo inquietable” (absténganse de chistes que hagan referencia a mi ano, no van por ahí los tiros).

Ha pasado más de un año desde que fuimos invitados a participar en Okuparte, el primer evento en el que expusimos como grupo multidisciplinar. Allí fue Ana Maorad la que me invitó a coger el pincel y probar eso de pintar, en un experimento de interrelacionar disciplinas in-situ.
¿Qué decir de Ana? quien no conozca su obra, se está perdiendo un prodigio. Su invitación tornó en emoción, la emoción me llevó a comprar el lienzo; pero la ilusión se aletargó, quedándose la tela un año enrollada junto demás zarrios en el taller de A54, hasta el lunes.
Tenía las ganas y tenía el soporte, pero ha tenido que pasar un año para decidirme por el qué y el cómo. Aunque en esa decisión, hay recursos compartidos:
Mikel sacó la fotografía y Alessandro me ilustró con posibles técnicas a emplear, sugiriéndome la tinta china para poder maniobrar los negros que pretendía. El porqué ahora y no antes? la respuesta la tiene Estefanía y su viaje relámpago a Jaén.
Tomé la fotografía. La reencuadré adaptando ese recorte a 100 x 70cm el tamaño del lienzo. Haciendo un “transfer” con acetona industrial, transferí (valga la redundancia), las zonas más oscuras de la impresión en b/n sobre el lienzo que previamente había pintado con spray de graffiti blanco, logrando una sombra azulada de esas zonas más negras en la tela. Estas me sirvieron de guía para luego trazar con un pincel de tinta china las partes que he querido explicar.
Aprovechando la base de pintura blanca, la disolución de tinta en la misma acetona me ha permitido dar un poco de volumen al conjunto e intentar anular la planeidad que le otorgaba la monocromía del negro.
El resultado podría haber sido mucho peor, pero también infinitamente mejor. Me quedo con esto último, conformarme?…jamás.

J.

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